• Obsesión por la comida

    by  • 13/06/2018 • Alimentación • 0 Comments

    mujer a dieta

    Hoy en la prensa leía ESTE TITULAR en el que comentaban una situación no menos que alarmante: el aumento de los casos de trastornos alimenticios en Murcia, afectando a edades cada vez más tempranas.

     

    La noticia original estaba publicada en La opinión de Murcia y en ella se recogían los datos aportados por ADANER y recordaban que un 6% de la población se encuentra en riesgo de sufrir estos trastornos.

     

    Como ocurre con cualquier patología psicológica, la raíz del problema es multifactorial, y su abordaje debería ser lo más amplio posible. No obstante, es inevitable llevar la mirada hacia el contexto social para buscar referencias, razones o matices que puedan estar incidiendo en el despunte de trastornos como éste.

    En el blog De mamas y de papas llevan concretamente el foco hacia la relación social con la comida, en el contexto actual, en el que los hábitos han ido cambiando y el ritmo acelerado de vida nos ha llevado a alimentamos peor, seguido por una preocupación cada vez mayor por buscar soluciones, acudiendo al ilimitado acceso que tenemos ahora mismo a la información.

    Digamos que frente a una realidad que nos ha llevado a una vida rápida en la que la alimentación se tiene que gestionar como se puede, dentro de ese ritmo vertiginoso, tenemos una “sobreinformación” referente a lo que es bueno, la fórmula mágica para alimentarnos bien, huyendo de alimentos “tabú” y buscando la dieta milagrosa que nos dé la seguridad de que estamos ingiriendo lo correcto. Obviamente, informarse y elegir es algo básico para actuar con responsabilidad pero si queremos hablar de la relación con la comida, creo que existe un elemento esencial que no deberíamos dejar fuera de la ecuación y que son:  LAS EMOCIONES.

    Detrás de una personalidad con tendencia a sufrir alteraciones alimentarias, es frecuente encontrar elementos como: baja autoestima, ansiedad y obsesión por el control, perfeccionismo… Y este tipo de bagaje emocional no combina bien con la preocupación excesiva por los “alimentos malos”, “alimentos sucios”, necesidad de “desintoxicarse” que son un mantra común en ciertas informaciones sobre la alimentación saludable.

    A mí, personalmente, es un tema que me preocupa, y sobre el que ya he escrito alguna vez   [aquí]   . Como madre me preocupa de manera especial, ya que conozco de cerca las actitudes que llevan a desarrollar una relación alterada con la comida y la infancia y adolescencia son etapas en las que se van a fraguar buena parte de estos hábitos (no solo sobre qué alimentos comemos, sino también de cómo vamos a comer y sintiendo qué).

    Por eso mi realidad es que a pesar de ser una persona preocupada, como muchas madres, por equilibrar al máximo la dieta de mis hijos y reducir los riesgos asociados a exceso de procesados, azúcar y grasas no saludables, tengo por encima una preocupación aún mayor orientada a no ofrecerles jamás una conducta estricta referente a la alimentación (y a otras facetas): la importancia del equilibrio, la ausencia de miedo ante los alimentos, la posibilidad de tomar alimentos menos saludables de vez en cuando, sin sufrir por ello; la idea de disfrutar con los alimentos que nos gustan, de disfrutar con una comida sin preocupaciones, una vida sin miedo y una capacidad de tomar decisiones lo más equilibradas posible, sin llevar hacia la comida una atención desmesurada que esté canalizando nuestro deseo de control.

    Y es que detrás de muchas obsesiones y comportamientos compulsivos en los que la alimentación está presente, existe una relación muy estrecha con esta “percepción de control”: “mi vida es difícil, los cambios me asustan, no puedo controlar nada de lo que ocurre a mi alrededor, pero la comida es un lugar seguro, mi peso es algo que controlo, si como esto controlaré que estoy más sana, si como esto tendré garantizado éxito en algo, es mi centro, es un lugar donde yo tengo ese control que no tengo fuera”, por eso en etapas de grandes cambios externos estas conductas se intensifican, y por eso es importante también detectar con qué personalidad estamos tratando a la hora de orientar los consejos nutricionales para que encajen bien con ‘el receptor’ (mi hijo mayor, por ejemplo, es realmente perfeccionista, a él no puedo recargarle con mensajes de ‘miedo’ hacia los alimentos menos buenos porque enseguida se muestra temeroso y exagera).

    Si profundizamos un poco, además de lo obvio: la preocupación por la imagen y el fomento social de la delgadez, este ‘control’ está también presente en el contexto social que es marco de estas conductas, y es un matiz que, para mí, tiene mucho peso y termina de completar este puzzle en el que los trastornos alimenticios encuentran un terreno tan bien abonado: somos una sociedad en la que el espejismo del ‘control’ creo que nos deja a veces en situación de inmadurez emocional; nos creamos la falsa percepción de que elegimos la gran parte de lo que gestionamos: elegimos cuándo es mejor ser padres, elegimos cuántos hijos tener, cuánto se llevarán entre ellos, nuestra relación de pareja, elegimos nuestro estilo de vida, elegimos nuestra salud, elegimos y ordenamos; triunfan métodos para poner orden en la casa, métodos para diseñar los menús de cada día, métodos para organizarnos y tenerlo todo bajo control…. Y yo siempre he creído que el paso grande hacia esa madurez emocional que nos hará capaces de gestionar mejor la incertidumbre inevitable es, precisamente, aprender a vivir en el caos. Porque control vamos a tener poco sobre muy poquitas cosas, pero sobre algo sí que podemos tenerlo y es sobre nuestra capacidad para gestionar las emociones, las buenas, y las menos buenas.

    Esta es mi reflexión de hoy sobre estos aspectos tan complejos (no tengo verdades absolutas pero sí experiencia analizando este tipo de situaciones) y me apetecía compartirla con vosotras.

    Un abrazo y feliz día.

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