• Crónica de un destete (1ª parte)

    by  • 24/07/2018 • Maternidad • 0 Comments

    lactancia

    CUANDO NO FUE POSIBLE

     

    Llegué a aborrecer la lactancia por la experiencia de destete que tuve con el mayor.

    La primera fue una lactancia sin complicaciones, relativamente fácil (con sus adaptaciones al comienzo y las dudas y la suerte de contar con la ayuda justa en el momento preciso)… Una lactancia intensa y agotadora en ocasiones, con un bebé demandante en extremo, que nació en ola de calor y que pedía teta no sé si por sed, por inquietud o porque era su naturaleza. Pero una lactancia bonita, con un fuerte vínculo y mucho reajuste mental mío para entender que era eso lo que quería hacer y lo que sentía que debía hacer.

    Gracias a esas fuertes convicciones y a comprobar cómo mi lechoncito disfrutaba a tope con su teta, tuvimos una lactancia larga. No hubo demasiadas sombras, aunque las hubo: algún momento de perder los nervios por la asociación que hizo de teta=dormir (en un niño que dormía poco y mal)….; algún consejo inquietante, como cuando mi exginecóloga me dijo que para quedarme embarazada de nuevo debía destetar… Algún comentario sobre lo que tenía que hacer para que durmiese, para que soltase el pecho, para que algo cambiase (cuando nosotros no queríamos cambiar nada)… Pero al final estábamos ambos satisfechos: él mamando con sus 30 meses y yo embarazada de otro pollito.

    Sin embargo este segundo embarazo me trajo un síntoma inesperado: un rechazo atroz a dar el pecho. Las molestias físicas de sentir cualquier roce en esa zona, unido al rechazo mental de pronto de no querer hacerlo, me hicieron sentir una profunda tristeza pero un convencimiento profundo: así no quería seguir. Una lactancia de apretar la boca contando los segundos para que Rodrigo soltase la teta era un colofón que no nos merecíamos ninguno Me resistí a que la lactancia se convirtiese en eso, en una pesadilla , un rechazo atroz me hacía ponerme nerviosa, irascible… Y tuve claro que había que destetar. Por mucho que hubiese seguido con la lactancia hasta ese momento pensando en un destete natural o progresivo… Por mucho que hubiese buscado ideas para lograr algo ‘respetuoso’ (Gracias Pilar por tu hermoso libro “Destetar sin lágrimas“)… No iba a poder ser.

    Me sentí fatal. Frustrada. El destete se me había resistido y mi lactancia no iba a ser de libro. Habíamos llegado hasta ahí para terminar de mala manera. Pero no funcionaba nada. Ni separarle de mí con la ayuda del padre, ni decirle que chupase un poquito y luego soltase…. Ni decirle que la teta estaba malita y la íbamos a dejar dormir….

    Lo peor es que estaba justo en la etapa de las rabietas y eran rabietas de órdago. Me arrepentí de no haberle destetado antes. Habría preferido el llanto sin palabras de un bebé que aún no sabía manifestar otra cosa que las frases certeras de mi niño diciéndome “teta!!!! mamá quiero teta!!!! un poquito por favor!!!!”. Fue doloroso para mí. LLoré y me arrepentí de haber llevado hasta ese punto la lactancia para ahora quitársela de golpe. Me sentí mala madre, me sentí engañada (tantas historias de destetes espontáneos que parecían ciencia ficción), me sentí torpe e incapaz de encontrar otra solución.

    Y lo hicimos de golpe porque a poquitos no funcionaba. Le dije que la teta se había puesto malita, que cuando naciese el hermanito la teta volvería a estar buena. Nada le convencía, sobre todo porque cuando la necesitaba era para dormir. Se dormía mamando y no había forma de dormirle de otro modo. Se juntaba su cansancio, mi desesperación, su frustración, mi inseguridad, su desconsuelo y el mío.

    Dos noches nos llevó dar este paso, dos noches de mantenerme firme negándole la teta. Gritó, me pegó, se tiró al suelo… Y yo lloré y le pedí mil perdones. Después de estos dos días de dormirse entre lágrimas, encontró consuelo en tocar los botones de mi pijama… Los tocaba, les daba vueltas, se relajaba… Y gracias a ese gesto sustitutivo, se olvidó de la teta bastante más rápido de lo que yo habría pensado pero no lo suficiente como para que cada uno de esos minutos de súplica a mí se me hiciesen eternos.

    A él le quedó la manía de tocar los botones para dormir y para relajarse;. a mí un recuerdo triste y la convicción de que jamás volvería a pasar por ello. Bien porque destetaría mucho antes o bien porque trataría de no tener un bebé tan ‘pegado a la teta’ como Rodrigo.

    Y nació Jorge…. y se enganchó al pecho con la misma intensidad que su hermano. Y mis planes de darle una teta más ‘light’ se fueron por donde habían venido. Y me vi con otro lechoncito feliz succionando y una lactancia tan larga como la primera. Pero hubo algunos cambios anticipando (mucho) el destete, con la convicción de que probablemente no iba a poder jamás pasar por un destete pacífico y sin drama.

    Aún así quería hacer todo lo posible por suavizar los malos ratos del primero.
    ¿Lo conseguiría? ¿De qué modo?

    Os lo cuento en el siguiente capítulo de esta crónica.

    Abrazos.

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