• Buscando ese imposible… buscando equilibrio

    by  • 12/02/2018 • Emociones • 0 Comments

    yoga

    Hay épocas en mi maternidad en las que me siento como un malabarista: tratando de mantener muchas pelotas en el aire sin que caiga ninguna; o caminando por una cuerda fina mientras me estabilizo con una pértiga. No hay nada aparentemente inabordable, todo es muy básico, muy doméstico, muy rutinario. Pero me cuesta un horror sentir que cada una de esas pequeñas cosas está bien; a todas les falta algo, a todas les robo algo… tiempo, dedicación…. para ocuparme de todo lo demás. Insuficiente, sería la evaluación que me pondría, pero con toda la profundidad de la palabra: querría hacer más, ser más, entregar más, y darme más. Pero no llego.

    Por conversaciones con otras mujeres, madres o no, esta sensación es más común de lo que cada una creemos en solitario. A veces lo mencionamos, a veces lo gritamos… Otras veces, muchas, lo callamos porque no hay nada especial. Es normal y esperable; pero hace tiempo me dijo una amiga que porque algo sea normal no significa que no sea duro o complicado.

    Y sí, me parece muy complicado. Lo siento así. Hoy es uno de esos días en los que lo veo peor; y trato de buscar soluciones pero no veo nada claro, no hay señales mágicas que me iluminen, ni grandes certezas que vengan a poner un punto a mis dudas. Estoy yo, y mi insuficiencia, y mis ganas de hacer todo y hacerlo bien. Pero las circunstancias también tienen su peso, y me frenan, y también me freno yo misma, porque no tengo energía para todo o no todo puede llevarse la misma cantidad de energía pero esas tareas parecen no saberlo. Cada una de las exigencias crece a su ritmo, demandándome sin tener en cuenta que a lo mejor no soy esa superwoman a la que están reclamando la perfección.

    Hoy el equilibrio me cuesta mucho; desde que comenzó el año parece que la cuerda de funambulista está más alta que nunca. No hay nada espectacular al respecto, nada que no sean cosas rutinarias. Pero lo vivo así.

    Yo tengo un trabajo ‘alimenticio’ que tiene una pega: es rutinario y poco creativo. Llevo 15 años con él y tiene muchas cosas buenas, pero me falta llenar una parte de mí que hasta mi maternidad llenaba con mi ‘otro’ trabajo. Daba clases de Pilates, ballet, y de otras disciplinas. Cuando nació mi hijo mayor, traté de mantener todas mis actividades y el primer año casi lo consigo. Era un bebé y le quería a mi lado; pero era fácilmente transportable y me fabriqué la bonita idea de que ser madre no me haría cambiar en exceso. Reduje mi jornada en el trabajo1 hasta el máximo que pude, y me lo llevaba conmigo a mi trabajo2, dando clase con él colgado en la mochila.

    Cuando cumplió un año descubrí que un bebé es una cosa, y un niño otra muy diferente. Mi hijo ha sido siempre movido y demandante. Se acabó el pluriempleo y tuve que apostar. No me costó nada tomar la decisión. Aún recuerdo el día en el que le dije a mi querida amiga y dueña de la escuela que no podía seguir, que necesitaba las tardes para estar con mi pequeño, y no quería más obligaciones en el día. Dar clase me encantaba pero las prioridades estaban claras. Ya volveré… pensé. Siempre puedo volver. Y con la serenidad que dan las certezas, puse un paréntesis a mi etapa de profe. Fue así como nació esta página… no me quería desvincular del todo y pensé que internet me brindaría la posibilidad de seguir dando clases pero sin la rigidez de un horario.

    No todo fue como soñé… grabar vídeos, mantener una página activa, crear contenido, hacerlo bien…. También reclamaba tiempo. Y no lo tenía. Así que mi proyecto ‘mamá en forma’ ha sido una pequeña forma de canalizar estas actividades pero sin conseguir nunca la constancia que necesitaba para crear el proyecto soñado.

    Cuando nació mi segundo hijo el mayor ya tenía 3 años y empezó el cole. Me junté con las dificultades de combinar dos conciliaciones muy diferentes: adapté mi horario para llevar y traer al mayor del cole, pero esto repercutió en reducir mi presencia para el pequeño (con el mayor me iba muy temprano a trabajar, y regresaba pronto, la tarde era larga con él. Ahora debía entrar a trabajar bastante tarde para llevar al mayor al cole, y eso me hacía llegar más tarde a casa, ‘robándole’ tarde al pequeño). En cualquier caso nos fuimos adaptando. Cogí una reducción máxima en el trabajo, pero económicamente no pude mantenerla más de un año tras mi baja maternal. Hice lo que pude, tocó replantearse cosas y traté de estirar al máximo mi productividad laboral. Cada hora de más en la oficina es un kilo más de exigencia para cumplir en casa. Ese equibrio cuesta mucho. Pero…. la sensación es hacerlo lo mejor posible. No queda otra.

    Poco a poco, sin embargo, el peso de la rutina laboral y las ganas de hacer cosas me llevó a lanzarme de nuevo al ruedo. Había descubierto una actividad que me fascinaba: me había enamorado el yoga y quería enseñarlo. Cuando eres profe se cumple eso de que ‘aprendo lo que enseño’ así que llegó un momento de efervescencia y locura en el que dije “puedo hacerlo”, o más bien: “¿Podría hacerlo?” y me lancé a buscar formación, a adquirir el compromiso de un curso muy exigente y a incorporar en mi rutina cosas como lecturas, práctica personal, trabajos, seminarios, fines de semana intensos fuera de casa… fue duro pero lo logré. Y descubrí que quería enseñar mejor; esto era solo una base. Y me comprometí un segundo año para subir mi nivel de horas de certificación. Más demanda, más trabajo y clases presenciales. Quería, necesitaba dar clases presenciales y busqué, de nuevo, una respuesta a mi demanda, y traté de encontrar un equilibrio: dos centros, tres días en semana; cerca de casa; al final de la tarde… cuando el padre pudiese ocuparse de la cena…. NO era mucho, solo salir un ratito de casa como si fuese a dar una vuelta, a pasear al perro, a comprar algo…. Y así retorné al mundo del ‘pluriempleo-pluriexigencia-de-madre’.

    Hay días que va bien: cuando termino una de mis clases y me siento en armonía con las alumnas, las veo ‘salir’ de un nivel de energía al que hemos llegado todas juntas… las veo mejorar en su alineamiento, conectar con su cuerpo… despertar…. Me voy a casa llena, pletórica. Y quiero más de esto.

    Pero hay días como ayer, en los que mi hijo de dos años tiene una rabieta justo cuando tengo que irme, y me grita “¡¡¡no te vayas!!!!!”…. Y me voy de casa oyéndole llorar. Y le digo, como le dije ayer, que me iba a decirles adiós a las alumnas. Que tenía que darles clase mientras les buscaba a otra profesora que se quedase con ellas, pero volvería a casa para quedarme todas las tardes con ellos. Y abandonaría este nuevo intento de equilibrar cosas que parece tan complicado. Abandonar es algo tan atractivo a veces… Tan liberador… que se convierte en una respuesta embriagadora cuando tienes exceso de remordimientos y te pesa el esfuerzo por no acertar.

    La clase fue bien, sin embargo, más que bien. Tengo alumnas nuevas que están aprendiendo a respirar y a sentirse bien, abriendo su mente al yoga y dejándose conquistar por su magia. Aún estamos empezando, es un grupo nuevo en el que se agradece ver estos pequeños pasos. Como profe, estoy motivada con ellas…. Al terminar la clase una de las que acaba de incorporarse me dijo que le había encantado la clase. Es una señora exigente, de las que parece que va poner muchas pegas; de las que te llevan a exigirte mucho para poder conseguir que confíen en tu guía, que se dejen llevar poco a poco. Su halago me llenó especialmente. Y salí hacia casa contenta.

    Al salir de clase tenía mensajes del padre diciéndome que estaban bien; que nada más me fui se le pasó la rabieta y se puso a jugar con el hermano. Todo en calma. Todo en orden. Tal vez podría aguantar un poquito más… quizás hasta final de curso… cubrir al menos un ciclo y tomar decisiones en frío.

    Al entrar en casa, mi hijo pequeño se estaba bañando. Se puso feliz al verme. No había rastros de la rabieta anterior. Pero cuando yo creía que todo se había olvidado me preguntó muy directamente: “mamá, ¿ya les has dicho adiós?” Y el germen de la duda volvió a extender sus ramas.

    En eso estoy …. en equilibrar. En buscar… en saber hacia dónde dirigir mis pasos.

    Pido señales, soy así de ingenua: me lanzo a pedir en alto señales, a la vida, al destino, a lo que sea que nos puede guiar. No pido grandes cosas solo una pequeña ayuda porque ser madre es lo más difícil que he hecho nunca y seguir siendo una persona a la vez que no les fallo a ellos ni a mí misma, es una utopía para la que aún no tengo respuestas.

    ¿Os ha pasado alguna vez? ¿Habéis encontrado soluciones? ¿Cómo saber si acertamos? ¿Dónde buscar esas señales? ¿Tal vez en nuestro interior? Pero nuestro interior no es siempre ese personaje iluminado que lo sabe todo; nuestro interior a veces juega al despiste y nos vuelve locas.

    Un abrazo sincero.

    marta.-

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